14 - Jean Echenoz

*Cuando comencé a trabajar en el quiosco de los helados, en el aparador donde guardamos los mandiles, me encontré con este libro; junto a él, decenas de recortes de periódicos con noticias que ya iré relatando. Pregunté a Ángeles (mi jefa) por su propietario y me dijo que era del anterior dependiente. Le telefoneé para comunicarle el olvido y me dijo que pasaría a por él cuando volviera de un viaje, que no dudara en leerlo ya que tenía en mis manos una novela magistral escrita por un francés cuyo nombre se estaba barajando como uno de los candidatos a optar al Premio Nobel de Literatura.


Siempre he sido reticente ante la concesión de determinados premios, pero con esas expectativas y aunque el autor aún no me sonaba, tan pronto llegué a casa me puse con él. Sus 98 páginas, agrupadas en 15 cortos capítulos donde me dijeron que no sobraba ni una coma, eran estímulo suficiente.
A medida que avanzaba en la lectura fui corroborando que no es el típico superventas que te seduce desde la primera página. Se trata de un libro «frío» donde se narran de forma muy breve situaciones y sentimientos inherentes a una guerra, en este caso a «la Gran Guerra».

El autor novela con palabras sencillas, la vida de cinco súbditos franceses llamados a filas para combatir en el frente. Se trata de Anthime y tres de sus amigos (Padioleau, Bossis y Arcenel). Junto a ellos también parte Charles, personaje peculiar emparentado con Anthime (esta relación no se descubre hasta la página 55 del libro). Una mujer, Blanche, embarazada de uno de ellos, vive el conflicto desde casa.

Destaca la habilidad del autor, constante a la narración de esta obra, para hacer danzar en medio de la vorágine, retazos atroces entre centellas de humor, consiguiendo una coreografía irónicamente macabra. En ocasiones la vida es así.

SUENAN CAMPANAS
La historia comienza el 1 de agosto de 1914. Son las cuatro de la tarde y las campanas anuncian que ha llegado el día; en medio de la algarabía, destella la inocencia de nuestros personajes: «Anthime se la esperaba un poco, pero no se imaginaba que pudiese caer en un sábado», «era inevitable» le dice Charles «será cosa de 15 días como mucho». Entre el bullicio, alegría, lágrimas y despedidas. Sobran las palabras, la escena la inmortalizó el pintor Albert Herter en el fresco «Gare de l´est». Antes de partir hacia el frente los más espabilados o más cobardes han hecho sus triquiñuelas para buscarse un buen enchufe que les libre de la guerra; se quedan junto a los viejos, mujeres y niños, quienes deberán mantener los negocios. Los que no tuvieron tanta suerte, de camino hacia la batalla van sufriendo la vileza de la gente del país al que van a defender; víctimas de sus miserias ven cómo se aprovechan multiplicando el precio de los productos, sabedores de las necesidades de sus soldados. El camino se hace duro, la precaria indumentaria unida al mal género de los materiales hacen de la marcha un auténtico calvario: «Cuando empezó a llover la mochila casi duplicó su peso y el viento se levantó cual masa autoritaria, tan pesadamente helado que todos se extrañaban de que se moviese». De camino hacia la batalla, algunos aún tienen suerte y se van quedando en destacamentos alejados de las balas del enemigo.

EL FRENTE
El autor nos mete de lleno en el campo de batalla; hasta ese momento quizá quedaba algo de inocencia en las almas de nuestros protagonistas. Sorprendidos ante el comienzo del combate, comienza a palparse el peligro. Los músicos tocan «La Marsellesa» tras la primera línea de fuego donde también son bautizados por las balas. Junto a los primeros proyectiles, se oyen los tétricos gritos de los heridos, y te salpican los primeros chorros de sangre. Sin saber muy bien cómo, te haces testigo del pánico, que poco a poco se va apoderando de ti. En medio del polvo, las piedras y la metralla, te ves salpicado de tripas y trozos de carne humana; no tardando, el ambiente  se infesta con los putrefactos restos corrompido de los caballos y cadáveres humanos, las plagas de ratas hacen su fiesta y los piojos te chupan la sangre. Es en ese momento cuando  te das cuenta que sí, que se puede vomitar de miedo. Cuando ya no sabes cómo escapar de esa atrocidad, Echenoz detiene la escena y nos hace una aclaración: ES UNA GUERRA, «Esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera». Luego te das cuenta que de una guerra no escapa nadie y si alguno sobrevive, coexiste con ella para siempre. Se suceden escenas dantescas como la sorprendente alegría desorbitada de la tropa ante la suerte del compañero mutilado, «él al menos podrá contarlo». Otros tendrán otras opciones, las balas enemigas o las propias por desertor; en medio de ellas otra posibilidad: el suicidio. Ver caer a tus amigos y quedarte solo es psicológicamente devastador.

AÚN HUELE A PÓLVORA
La guerra termina para algunos, para pocos… a los muertos, huérfanos y viudas, se unen los mutilados. Se escuchan frases heladoras donde el manco celebra su suerte, ante el destino que ha otros ha dejado ciegos… Y entre tanto olor a pólvora un retazo de progreso «todos los conflictos tienen su parte positiva». Según van surgiendo las necesidades se va agudizando el ingenio lográndose nuevos inventos: zapatos para mutilados, relojes de pulsera, y otros muchos artilugios paridos ante unas miserias que es mejor no recordar.


(He escrito lo que me ha salido, quizá no en el modo habitual, pero el tiempo apremiaba. A la hora exacta en que ven la luz estas palabras, se cumplen 100 años del comienzo de la aventura.)


*Publicado originalmente en el blog literario El quiosco de los helados.



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