Ávidas pretensiones - Fernando Aramburu

*A medida que el frío va tomando protagonismo, el número de clientes que visitan el quiosco de los helados va decreciendo, manteniéndose el buen promedio de ventas gracias a los pedidos a domicilio, que no cesan. Hoteles, restaurantes y residencias son nuestros principales clientes. Este año hemos ampliado el área de reparto a otras localidades cercanas, a las que antes sólo llegábamos por compromiso moral con algunas órdenes religiosas. Cuando a final de temporada hacemos el balance de ventas es sorprendente el alto porcentaje de pedidos que las monjas de los conventos de clausura demandan en relación a las poquitas que son; no deja de ser curioso que ellas, expertas en el arte de la repostería, y en contacto directo con Dios, aún no hayan descubierto los ingredientes que utilizamos para elaborar nuestros helados de nata y sueño y sigan comprando nuestros productos con fidelidad. Hace unos días, cuando me disponía a repartir un pedido en uno de estos conventos, exactamente el de las Hermanas Siervas de las Sagradas Espinas de Jesús, al introducir el camión frigorífico en el almacén donde con permiso de la Superiora descargo las tarrinas de los helados, localicé un tablón a medio barnizar que me llamó la atención; en el mismo resaltaba un grabado donde podía leerse: «la poesía es demasiado importante para dejarla en manos de los poetas».



Comenzar a leer Ávidas pretensiones y sentirme contrariado fue todo uno; durante un largo rato tuve la incertidumbre de si lo que tenía entre las manos era uno de los borradores o la versión definitiva de la novela. Luego, a medida que avanzaba en la lectura, fui tomando conciencia de que el esperpento era deliberado (no podía ser de otra forma), y nadie me había prevenido.

Veintiocho poetas, «lo más granado del panorama lírico español» son citados para asistir a unas jornadas poéticas de tres días de duración en el Convento de las Espinosas, sito en Morilla del Pinar. Al término de las mismas deberán presentar un trabajo sobre «la belleza poética» tras cuya exposición saldrá elegido un ganador. En el proceso de creación del escrito, los asistentes, hambrientos de gloria y con disparidad de vicios, ideologías y apetitos sexuales, sacarán a relucir sus miserias, tanto artísticas como personales. Arracimados en dos bandos enfrentados, el de los realitas (poetas realistas) «la belleza es de derechas» «distracciones de burgueses» «no hay belleza sin justicia» y el de los metafas (poetas metafísicos) «Estamos en minoría. Ganará un izquierdilla o alguna hembra gozada por sus electores», sólo se ponen de acuerdo en una cosa: el deseo de relacionarse sexualmente con la joven lazarilla de uno de los participantes.

Aún siendo elevado el número de protagonistas de la trama, las acciones se van solapando, avanzando y retrocediendo en el tiempo, siendo fácil la identificación de cada uno prescindiendo de la ayuda de la lista de invitados. Al registro de poetas se suman los fantasmas de Bécquer, Mallarmé, los hermanos Machado, Gerardo Diego, Lorca, Cernuda, Panero y Juan Ramón Jiménez, coprotagonista de un capítulo entero. Antonio Colinas, Félix de Azúa, Caballero Bonald y Gimferrer también son aludidos.

Ambientada bajo una neblina teñida de un humor sin gracia, en algunas ocasiones es difícil aguantar la carcajada. En otras, el narrador nos sorprende con reflexiones interesantes, «lo peor que puede pasar es el éxito», llegar a casa con el premio, mirarte en el espejo y ver que tu propia imagen «Dice lo gilipollas que somos. Y lo hipócritas. No paramos de mentirnos. Escribimos para que nos perdone la imagen en el espejo, ante la que no podemos fingir».

No faltan en la novela destellos de calidad en forma de metáforas elegantes «la campana del convento derramó nueve lágrimas sonoras en el crepúsculo morado», «habían empezado a encenderse las estrellas», «la necesidad daba luz a sus ojos, el foco de la esquina hacía lo que podía y la luna anoréxica arrojaba sobre la escena unos céntimos de claridad».

En contraposición, caprichos de narrador, la amalgama de tropelías que, como si de un sinvergüenza literario se tratase, disemina por toda la novela. Párrafos descoordinados «Cena frugal aderezada con quejas/burlas en las diferentes mesas: esto ni los cerdos, lo que somos, eso lo serás tú», «Ellas habían confiado en que, esperaban que y ahora estaban como al principio, qué putada» frases a medio acabar «Entró Juanjo Changa creyendo que.» y un sinfín de trampas que no dejarán a ningún lector indiferente; desde frases malsonantes  «escrutando por sobre la montura de las gafas de leer» inclusión de palabras inútiles «el padre del hijo del dueño» e incluso driblar la atención del lector  poniendo en un párrafo lo contrario que en el siguiente «la que miraba por la ventana era Susana Valcárcel.» (En el párrafo anterior era Cristina Arroyo).

A pesar de que el narrador no se toma en serio la lengua castellana, Ávidas pretensiones es una candidata perfecta para que un texto suyo inquiete a los aspirantes a superar las pruebas de acceso a la universidad (selectividad) en su vertiente literaria. Si llega el día no olvidarán el nombre de Fernando Aramburu.

Y como ya dijo el narrador de esta obra (que posiblemente sea uno de los supervivientes de la misma) y la novela cumple a la perfección: «no en otra cosa consiste la tarea del escritor sino en hacerse presente con sus obras en las conciencias ajenas.»



*Publicado originalmente en el blog literario El quiosco de los helados.

Comentarios

  1. No leí el libro, pero me atrajo la reseña, voy a tenerlo muy en cuenta.
    Con tu permiso, me anoto en tu blog.
    Un abrazo.
    HD

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  2. Bienvenido al blog, un honor tenerte entre mis seguidores.
    No me atrevo a recomendar libros, lo veo demasiado personal, tan solo intento transmitir mis emociones en forma de reseña.
    El libro es cuanto menos peculiar, cabe de todo; desde párrafos agradables hasta otros que, por esos caprichos del narrador de inventarse las normas de ortografía y expresarse a su libre albedrío, cuesta algo más digerir.
    En lo que hay un acierto pleno es en el título, todo a su alrededor son ávidas pretensiones; desde los protagonistas por ganar el certamen, el narrador por contar la historia de aquella extraña manera, el autor por presentar así la obra al público y los miembros del jurado por otorgarle el premio. Me atrevería a decir que también el lector que le da la oportunidad y quien se atreve con la reseña.
    Un abrazo...

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  3. No conocía este libro, a priori, tan peculiar. Si he leído algo del escritor y me atrevo a decir que es un hombre que se toma licencias, que cuando lo lees sientes que guiña un ojo, que a veces como lectora he puesto alguna mueca y es que lo cierto es que su lectura no deja indiferente. Lo tendré en cuenta. Gracias por el descubrimiento.

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  4. Tal y como dices, se toma licencias, y esta novela es un buen ejemplo de ello; o te diviertes entrando en el juego del autor, o le coges manía desde el principio; indiferente creo que no deja a nadie... A mi particularmente me gusta más el Aramburu de «Los peces de la amargura», pero claro,cuestión de gustos, no tiene nada que ver un libro con otro.
    Gracias Ana por el comentario.

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