Dos días de caza - Miguel Delibes

*Avanza el mes de septiembre y las moscas están cada día más pesadas. A pesar de no ser buen observador, este verano en la terraza del quiosco me ha causado estupor ver cómo estos pequeños dípteros, «familiares / inevitables golosas» protagonistas del poema de Antonio Machado, provocan en algunos chiquillos, con su sola presencia, auténticos ataques de pánico. ¡Cómo cambian los tiempos! El mundo evoluciona y cada día se vive mejor; y a pesar de los grandes avances cada día observo grandes incoherencias a ese progreso. Hace un tiempo que reflexiono sobre uno de los recortes de periódico que hallé mi primer día de trabajo y que me llamó especialmente la atención. Estaba unido a un retrato de Miguel Delibes y el pie de dicha foto rezaba: «la cultura se crea en los pueblos y se destruye en las ciudades». Espero que el mundo prospere de verdad y nuestros hijos no tengan que buscar las palabras que Delibes nos ha legado en un diccionario de rarezas, inverosimilitudes y curiosidades.



Son muchas las novelas, relatos y artículos que el Maestro Delibes consagró a la caza, una de sus mayores aficiones, tal es el caso que llegó a decir de sí mismo: «soy un cazador que escribe».

Elegí salir al campo con dos días de caza por tratarse de dos fechas muy significativas, el primero y el último de los días de una temporada; en este caso la del año 63. Entre ambos días «se encierra nada menos toda la temporada».

Es un lujo poder acompañar al Cazador Delibesdurante estas dos jornadas cinegéticas. Evadirse del tedio metropolitano y cazar a su lado mientras recibes una auténtica clase de ecologismo, rescatas del tintero viejas palabras castellanas, echas un trago de vino de vez en cuando y al final, tras la jornada, escurres los calcetines y te arrimas a la lumbre.

Comienzas a leer y ya estás pisando la verdina al tiempo que se impregna todo de tomillo ambiente. La suerte de poder cazar al lado de la Cuadrilla, esa que conoce la naturaleza, protege el medio ambiente y prioriza dar ventaja a la pieza aún corriendo el riesgo de volver a casa con la percha vacía. Significativa la expresión usada por el cazador castellano cuando se yerra el disparo, «a criar», optimismo ante todo.

Disfrutados estos relatos ya no buscaremos la liebre allí donde pasó el pastor, comprenderemos lo que desmoraliza disparar a una torcaz de cola, cómo la perdiz castellana pernocta en los páramos, en los rastrojos y los barbechos, y descubriremos la escasa temporada que pasa por estos lares la codorniz: lo imprescindible para criar.

Alternan la clase magistral de biología, palabras y expresiones cargadas de sabiduría y solera; y es que el Cazador avanza «en mano», abriendo y cerrando la misma en función de las necesidades, cuando tiene hambre «echa un cacho», y si se abate la pieza la pone a orinar, la apiola y la cuelga de la percha. Al acabar la jornada si algún perro se ha aspeado la mano, le añade el remedio sanador.

En ocasiones las cosas no salen como quisiera la Cuadrilla, no importa, «si las cosas no pareciese que se tuercen de cuando en cuando para enderezarse luego, la vida no encerraría el menor interés». Desinteresado también es la manera original de repartir las piezas abatidas donde brilla el juego limpio, siempre abanderado por Delibes. En la Cuadrilla no hay diferencias, afición y compañerismo, eso sí: «Una Cuadrilla se forma como las cascajeras del río: a base de años y de erosión».


*Publicada originalmente en el blog literario El quiosco de los helados.


Comentarios

  1. Hola, llegué a través de Twitter, me encantó tu reseña, porque dio la casualidad que leí este libro (también por una de esas casualidades de la vida) y lo has descrito de maravillas.
    Un fuerte abrazo.
    HD

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  2. Muchas gracias Humberto. Es el primer comentario que se hace en el blog. Una alegría que hayas sido tú quien lo inaugure. He leído algunos de tus relatos y eres todo un referente. Me gusta pensar que no existen las casualidades, que las cosas siempre suceden por algo.
    Un abrazo, y aquí tienes tu casa.

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